ALEJANDRA CARRETERO

Experta en Gestión Deportiva
Mwanza, Tanzania.

La memoria es esa que quiere que recuerdes algunas cosas, pequeños detalles y así se construye nuestra historia, en este caso la mía.

Mis padres tuvieron dos hijas. Mi padre decidió que a la primera le pondría la bufanda del Atlético y le sacaría una foto sólo para recordarme en un futuro la respuesta esa que tanto nos hacen ¿y tú por qué eres del Atlético?.
A los 5 años mis padres buscaron un equipo en el que pudiese jugar. No había de chicas. Tuve la suerte de que me dejaron entrar a formar parte de un equipo de niños, no sé porqué pero recuerdo que me pusieron con niños más pequeños de mi edad.
Los domingos eran día de ritual. El día empezaba con eso de la visualización, antes de cada partido veía ‘Oliver y Benji’ convencida de que haría lo mismo que ellos horas más tarde. Mi padre me explicaba la diferencia entre ficción y realidad pero yo que era una niña pecaba de esa inocencia que me hacía creer que era posible. Después tocaba ir a misa, en familia, todos muy monos salvo una niña que solía ir vestida con su equipación de fútbol. El día que no había partido mi madre era feliz y por supuesto me colocaba uno de esos vestidos, que yo odiaba y me picaban mucho.
Hasta que un día llegó mi primer partido contra niños de una categoría superior. Perdimos 36-2. ¿Adivinan quién marco los dos? Aún recuerdo uno de ellos, fue desde el córner. No me pregunten cómo pero yo tiré y la pelota se coló, haciendo un gol de esos que llaman olímpico, haciendo que las madres del equipo rival me dijesen que valía por 20 solo por maquillar un marcador.
Otra anécdota que merece ser contada fue cuando mi abuela se iba a pasar un fin de semana a Madrid y me dijo si quería ir con ella. Me fui sin dudarlo, allí estaba ese equipo que seguía por la tele. Al llegar a Madrid, lo primero que me dijo mi tía es que desde allí se oían los goles del Atleti.
Mi abuela prometió llevarme a ver el Calderón. En mitad de un partido me llevó, se acercó a los de seguridad y les dijo si podíamos pasar, que veníamos de Almería, que yo era del Atleti, que tenía un póster de Kiko y otro de un tal Cholo Simeone colgado en mi cuarto.
No se negaron y nos dijeron que sí. Fue la primera vez que entré en un estadio. Solo podía mirar a las gradas en vez de al campo, miraba esos colores, todo rojo y blanco, miraba a los jugadores, era un Atlético-Atleti de Bilbao. Mi abuela tenía miedo de cuando sonase el pitido final y me dijo que nos saliésemos antes. Así lo hicimos pero me recompenso quedándonos a ver la salida de los jugadores. Adivinen quienes salieron y quien me tomó en brazos. Kiko (y según mi abuela, el cholo Simeone iba en el coche también, yo no lo recuerdo). A los siguientes viajes que mi abuela iba a Madrid yo me unía a ella y seguíamos nuestro ritual de “colarnos” en el Calderón durante los descansos. Gracias a los de seguridad, gracias abuela.
Hasta llegar al instituto jugaba al tenis y al fútbol. A partir de ahí, el fútbol se acabó. No podía seguir jugando con los niños, así que lo dejé y continúe con el tenis. Llegó el primer día de clase de instituto, me separaron de todas mis amigas y amigos del colegio, no me dio tiempo a pensar si tardaría en hacer amigos o no. Se me acercó un chico y me dijo: ¡Tú eres la niña que juega al fútbol! A partir de ahí fue rodado. En clase de Educación Física era de las primeras en ser elegida por los capitanes. Recuerdo mi primer gol, fue en el pitido inicial. Un compañero de clase, el mismo que me había reconocido, me dijo: te pasó y tiras. Resultado: gol. La celebración de la clase y aquel niño que ya se habrá olvidado de lo que dijo pero que yo aún lo recuerdo, “si fueses mi novia te daría un beso”. No era su novia y no hubo beso.
Poco a poco fui jugando menos, disfrutaba en los ratos en los que la profesora decía “deporte libre” lo que era igual a los chicos y Alejandra juegan al fútbol. Disfrutaba viendo al Atleti, y me preguntaba si alguna vez volvería jugar.
Me fui a Madrid a estudiar y a entrenar, pero no al fútbol, sino al padel.
¿Hay algo de lo que os arrepintáis? Un profesor lanzó esa pregunta, la respuesta yo la sabía. Estaba en Madrid y no había venido a hacer lo que quería cuando tenía 10 años.
Intenté apuntarme a fútbol en la universidad, fui unas cuantas veces entre clase y clase hasta que lo cambiaron a la tarde y me coincidía con los entrenamientos de padel. Lo dejé y me busque un equipo que entrenase por las noches. Mi rutina era ir a la universidad por la mañana, entrenar al medio día al padel, físico después y por la noche entrenar al fútbol.  Aguante menos de dos meses y lo dejé, el fútbol, claro.
A los dos o tres meses deje el padel también y me centré en la universidad, trabajar y en el “amor”. Dejé  los mejores años de mi vida ligados a una pelota por otras cosas que se llaman “responsabilidad” y  “decisiones”. Me dediqué a hacer lo que no había hecho antes o hacía con menos frecuencia, hacer aquello que hacían mis amigas (las que nunca jugaban al fútbol).
Otro día en clase, ahora ya en Murcia, acabada la carrera, estaba haciendo un master que decidí mientras veía un partido del Atleti. La decisión era dejar Madrid para volver a Almería (ciudad donde nací) y estudiar aquel master de gestión deportiva los fines de semana en la UCAM (Murcia).
Había ponentes mejores y peores, hasta que llegó una mujer, una mujer que trabajaba y escribía sobre fútbol, una mujer que logró que yo misma me preguntase  ¿de qué te vas arrepentir en un futuro? De no trabajar en lo único que sé que me apasiona. ¿Y eso que es? Ya lo saben, el fútbol.
Por aquel entonces, hace dos años, tenía 23 años y era la coordinadora de padel en un club. Había conseguido remontar una escuela que llevaba muerta años, conseguí que los socios se quejasen de que la escuela tenía muchos alumnos y no quedaban pistas libres para que ellos jugasen sus pachangas. La directiva apoyo más a los socios ¿Quién quiere que una escuela aumente el número de sus alumnos? Me pidieron paciencia y tiempo para mejorar la situación. Yo nunca he tenido de lo primero y de lo último empezaba a sentir que había cumplido un ciclo, que ya no podía hacer más salvo esperar. ¿Esperar a qué?
Pasaron unas semanas lo que a mí me parecieron una eternidad, tenía ofertas de otros clubes, tenía la posibilidad de volver a Madrid. Sabía que era el momento, sabía que era el momento de dejarlo todo e ir a por lo que siempre había querido. Apareció una amiga: ¿Te quieres venir a Dublin? El trabajo me daba igual, el objetivo era uno: aprender inglés. Me fui mientras me quedaba el TFM del master de gestión, mientras empezaba un experto  en modelos de gestión económica y el master de Educación a distancia. Un año después puedo decir que he acabado esos dos masters y aquel experto, y que mejore mucho mi nivel de inglés. Lo siguiente que quería era experiencia en lo que me gusta, experiencia en aquello en lo que quiero acabar trabajando, ya lo saben.
Después de un viaje a la India me di cuenta de que en el mundo no estamos solos, que había que hacer algo más. Me había propuesto buscar trabajo después de regresar de aquel país, busqué y encontré: voluntariado en Tanzania para desarrollar el fútbol.
Pensé “esto es lo mío” mande el CV, me contestaron al día siguiente, me pidieron una entrevista por skype. En esa misma entrevista me dijeron que dependía de mí, que ya estaba seleccionada y que les había gustado; que si quería podía irme pero que no había sueldo y que todos los gastos corrían por mi cuenta. La respuesta la pueden saber. Lo siguiente fue aún mejor, me dieron un proyecto para empezar desde cero, me dieron un proyecto sin derechos, ese que dice que la mujer en algunos países no puede jugar al fútbol. Me dieron la oportunidad de ser parte de ese/este cambio.
Y aquí estoy en el avión de Madrid a Doha con destino a Mwanza (Tanzania).
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@ar_maza

Periodista.

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